Teología Wesleyana

EL ESPÍRITU DE NUESTRA ÉPOCA

El mundo contemporáneo es como un bosque lleno de grandes árboles, cosas exóticas, interesantes algunas, aterradoras otras. El cambio acelerado que nuestra sociedad está viviendo está provocando un caos en las sociedades y las individualidades. Mientras que en la antigüedad los cambios eran lentos, y a veces tardaban siglos en concretarse; ahora en el transcurso de una vida humana promedio se pueden ver transformaciones y revoluciones inusitadas.

Estos cambios acelerados están configurando una sociedad postmoderna llena de novedades como las siguientes:

·     Pluralismo y tolerancia: la sociedad postmoderna tiende a ser muy tolerante, e incluso hipertolerante. Esto ha sido un avance importante que todos debemos aplaudir, puesto que existe un consenso mundial contra las discriminaciones de todo tipo. No obstante, existen dos extremos sobre los que debemos reflexionar: por un lado, la permanencia de bolsones de intolerancia y fundamentalismo que se muestran capaces de hacer daño a la convivencia civilizada en nuestras sociedades (conflictos religiosos, étnicos, raciales, nacionales, etc.); y, por otro lado, el sacrificio de la verdad por la radicalización de la tolerancia hasta la aceptación de costumbres o situaciones que entran en conflicto con los valores cristianos y humanos en general.

Estos extremos merecen ser iluminados a partir de algunos puntos de la soteriología wesleyana. El hombre tiene una gracia preveniente que nos debe abrir los ojos ante los aspectos positivos que todo ser humano tiene. Los cristianos hemos actuado muchas veces con una soberbia nociva ante quienes no son como nosotros. Pero, en medio de este jardín de pluralidades, tampoco podemos renunciar a nuestra afirmación vigorosa de la verdad que es única. Las relatividades del mundo actual deben tener una respuesta firme pero con mente abierta frente a los que no piensan como nosotros.

·     Relativismo moral: Uno de los puntos de mayor impacto actual es el relativismo en los valores en el mundo. Los paradigmas únicos han cedido a un sinnúmero de diversas versiones sobre lo que debe ser correcto o incorrecto. La tendencia actual es que cada uno establezca su propio código moral rechazando los grandes sistemas éticos que proponían códigos de valores para todos. Bajo ese principio, todo es bueno, mientras alguien lo sostenga así. La consecuencia inmediata de esto se muestra en el vacío existencial de una creciente cantidad de personas las cuales, al no poder gobernar sus propias pasiones caen en el nihilismo moral, la corrupción justificada y la indiferencia ante el dolor. Por otra parte, aquellos que no pueden plantear imperativos morales autónomos, optan por el refugio obsecuente en grupos que plantean actitudes éticas cerradas y que exigen obediencia ciega.

Frente a ello, algunos puntos de la doctrina wesleyana deben ser recuperados. Uno de ellos es el crucial aspecto de la santidad y la perfección cristiana. Es claro que Wesley no creía en una perfección absoluta en la tierra. Los hombres y mujeres, mientras estemos en este mundo, mantendremos nuestra inclinación al error, la costumbre de equivocarnos. Sin embargo, la santidad cristiana, como un proceso permanente y creciente hasta alcanzar la “estatura de Cristo”, debe ser cultivada y buscada en nuestra cotidianidad. Esto no es lo mismo que la “calidad total”, concepto contemporáneo pero alejado de la perspectiva cristiana. La santidad implica una actitud coherente con los valores trascendentales del Reino de Dios, y una constante revisión de nuestras acciones cotidianas a la luz del Evangelio. La santidad no debe engendrar soberbia espiritual ni santurronería barata, sino más bien una apertura permanente a la interpelación de Dios a nuestras vidas, y una humildad de corazón que nos motive a buscar ser mejores cada día, aprendiendo de todo, de todos, y en todo tiempo.

·    Individualismo y hedonismo: Otra característica contemporánea es la adoración del individuo. Desde aquellos libros de autoayuda, hasta los fundamentos del neoliberalismo poco solidario, es el individuo quien tiene el lugar más importante en la cosmovisión postmoderna. Los valores de la cooperación y la solidaridad se pierden bajo el cúmulo de egoísmos que cargan a nuestra sociedad y sus individuos. Necesitamos recuperar una atención permanente a los valores cristianos del compartir y el dar. Aquí nuevamente la teología wesleyana nos puede ayudar.

Necesitamos recuperar la noción de responsabilidad compartida, la solidaridad social, la utopía de poder construir un mundo mejor con algo de nuestro aporte. Wesley, no fue sólo un predicador del Evangelio, sino también un profeta de la justicia social. Fue el “hombre que restituyó el alma a una nación”[1]. Él no solamente hizo algo por sí mismo, sino además inspiró a muchos otros, metodistas y no metodistas, a hacer algo por mejorar la situación social y económica de su nación. La santidad personal debe estar en perfecto balance con la santidad social. Ese es un punto fundamental que ahora debemos y necesitamos aplicar en nuestras vidas personales y comunitarias.



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