“Presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza
mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable,
de modo que el adversario se averg:uence
y no tenga nada malo que decir de vosotros”. (Tito 2.7-8)

1) Para ser una Iglesia Misionera.
Sí, jamás seremos una Iglesia Misionera si no tomamos en serio el tema de la santidad cristiana en nuestra vida. El Apóstol Pedro enseña lo siguiente sobre esto:

Por tanto, ceñid vuestro entendimiento para la acción;
sed sobrios en espíritu, poned vuestra esperanza completamente
en la gracia que se os traerá en la revelación de Jesucristo.
Como hijos obedientes, no os conforméis
a los deseos que antes teníais en vuestra ignorancia,
sino que así como aquel que os llamó es santo,
así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir;
porque escrito está: SED SANTOS, PORQUE YO SOY SANTO. (1 Pedro 1.13-16)

Más adelante Pedro vincula la Iglesia como pueblo de Dios, el ser sacerdocio real, nación santa, con un sólo objetivo, que es, “anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas para su maravillosa luz”. (I Pedro 2: 9).

Es necesario reconocer que un ministerio fructífero, una iglesia bendecida, supone una Iglesia donde la presencia del Espíritu Santo es notoria. Pero no olvidemos que el Espíritu es Santo. Y por lo tanto, no habita en lugar inmundo. Pues El nos conoce desde una sustancia aún sin forma como dice el salmista (Sal 139: 16).
Por fín, déjenme hacer uso de un concepto wesleyano. Se trata de las preguntas y respuestas dadas por Wesley en una reunión el 26 de junio de 1744:

“El lunes 25 de junio de 1744, dimos inicio a la primera conferencia, estando presentes seis clérigos y todos nuestros predicadores. En la mañana siguiente consideramos seriamente la doctrina de la santificación o perfección. Las preguntas hechas concernientes a este estado y la esencia de las respuestas dadas fueron como sigue:

Pregunta – ¿Qué quiere decir ser santificado?
Respuesta – Ser renovado en la imagen de Dios, “en justicia y rectitud procedentes de la verdad” (Efesios 4:24).
Pregunta – ¿Qué se entiende por ser un cristiano perfecto?
Respuesta – Amar a Dios de todo el corazón, alma y fuerza (Deuteronomio 6: 5).
Pregunta – ¿Significará ser liberado de todo pecado interior?
Respuesta – Ciertamente; ¿de qué otro modo podríamos ser salvos de nuestras inmundicias? (Ezequiel 36: 29).
Nuestra segunda conferencia comenzó el 1 de agosto de 1745. En la mañana del día siguiente hablamos de la santificación en los términos que siguen:
Pregunta – ¿Cuándo comienza la santificación interior?
Respuesta – Desde el momento en que el hombre es justificado. (Todavía, el germen del pecado permanece en él hasta que sea santificado completamente). Desde ese momento un creyente muere gradualmente para el pecado y crece en la gracia.

1) Nuestros objetivos para volvernos Discípulos/as Santos/as.
a) Pleno conocimiento de la Voluntad de Dios.

“Por esta razón, también nosotros, desde el día que lo supimos,
no hemos cesado de orar por vosotros
y de rogar que seáis llenos del conocimiento de su voluntad
en toda sabiduría y comprensión espiritual,
para que andéis como es digno del Señor,
agradándole en todo, dando fruto en toda buena obra
y creciendo en el conocimiento de Dios;
fortalecidos con todo poder según la potencia
de su gloria, para obtener toda perseverancia y paciencia,
con gozo dando gracias al Padre que nos ha capacitado
para compartir la herencia de los santos en luz”. Colossenses 1.9-12

b) Pleno conocimiento y sumisión a Cristo.

“Pero todo lo que para mí era ganancia,
lo he estimado como pérdida por amor de Cristo.
Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas
en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús,
mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura
a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en El,
no teniendo mi propia justicia derivada de la ley,
sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios
sobre la base de la fe, y conocerle a El, el poder de su resurrección
y la participación en sus padecimientos,
llegando a ser como El en su muerte,
a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos.
No que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto,
sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello
para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús.
Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado;
pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome
a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener
el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. (Fl. 3.7-14)

c) Plena rendición y profunda experiencia con Cristo, vida con Cristo.

“Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios.
Con Cristo estoy juntamente crucificado,
y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí;
y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios,
el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”. (Gl. 2.19-20)

d) Pleno compromiso con Cristo y el Evangelio.

“Sin embargo, por esto hallé misericordia,
para que en mí, como el primero, Jesucristo
demostrara toda su paciencia como un ejemplo
para los que habrían de creer en El para vida eterna”. (1 Tm. 1.16)

2) Nuestros objetivos como Ministros de Jesús.
a) Nuestro Mandato. Un ministerio que procede de Dios.

“Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios?
¿O trato de agradar a los hombres?
Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.
Mas os hago saber, hermanos,
que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre;
pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno,
sino por revelación de Jesucristo”. (Gl. 1. 10-12)

La Iglesia de Dios. Nuestro Ministerio es de Dios. Nosotros somos de Dios

b) Nuestra suficiencia y fuerza viene de Dios.

“Para evitar que me volviera presumido por estas sublimes revelaciones,
una espina me fue clavada en el cuerpo,
es decir, un mensajero de Satanás, para que me atormentara.
Tres veces le rogué al Señor que me la quitara;
pero él me dijo: «Te basta con mi gracia,
pues mi poder se perfecciona en la debilidad».
Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades,
para que permanezca sobre mí el poder de Cristo.
Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones,
persecuciones y dificultades que sufro por Cristo;
porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte”. (2 Co. 12. 7-10)

“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4: 13)

c) Nuestro ministerio realiza el propósito de Dios y su Palabra.

“Ahora me alegro en medio de mis sufrimientos por ustedes,
y voy completando en mí mismo lo que falta de las aflicciones de Cristo,
en favor de su cuerpo, que es la iglesia.
De esta llegué a ser servidor según el plan que Dios me encomendó para ustedes:
el dar cumplimiento a la palabra de Dios,
anunciando el misterio que se ha mantenido oculto por siglos y generaciones,
pero que ahora se ha manifestado a sus santos.
A estos Dios se propuso dar a conocer cuál es la gloriosa riqueza
de este misterio entre las naciones, que es Cristo en ustedes, la esperanza de gloria.
A este Cristo proclamamos, aconsejando y enseñando
con toda sabiduría a todos los seres humanos, para presentarlos a todos perfectos en él.
Con este fin trabajo y lucho fortalecido por el poder de Cristo que obra en mí”. (Col. 1.24-29).

d) Nuestro ministerio es y siempre será un desafío y lucha constante, contra las tentaciones, contra el mal, etc.

“Timoteo, hijo mío, te doy este encargo porque
tengo en cuenta las profecías que antes se hicieron acerca de ti.
Deseo que, apoyado en ellas, pelees la buena batalla
y mantengas la fe y una buena conciencia.
Por no hacerle caso a su conciencia, algunos han naufragado en la fe.
Entre ellos están Himeneo y Alejandro,
a quienes he entregado a Satanás para que aprendan a no blasfemar”. (1 Tm. 1. 18-20)

“Te encargo solemnemente, en la presencia de Dios y de Cristo Jesús,
que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su manifestación y por su reino:
Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo;
redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción.
Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina,
sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros
conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad,
y se volverán a mitos. Pero tú, sé sobrio en todas las cosas,
sufre penalidades, haz el trabajo de un evangelista, cumple tu ministerio.
Porque yo ya estoy para ser derramado como una ofrenda de libación,
y el tiempo de mi partida ha llegado. He peleado la buena batalla,
he terminado la carrera, he guardado la fe.
En el futuro me está reservada la corona de justicia que el Señor,
el Juez justo, me entregará en aquel día; y no sólo a mí,
sino también a todos los que aman su venida”. (2Tm. 4.1-8)

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