“Así Dios les dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esta paz cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús”.

Filipenses 4:7

Al escuchar por medio de una llamada que mi madre estaba muriendo, para mí fue muy duro. Mi madre se llama Franciscana, tiene 52 años, es hipertensa y tiene sobrepeso. Normalmente cuando doy una palabra de aliento en circunstancias parecidas, siempre a la persona que hablo le digo “Esta en las manos del Señor”.

Fue un sábado en cuarentena cuando mi hermana Lissette me llamó llorando. Entre lágrimas y sollozos me contó que mi madre , tras hacer las compras de la semana, empezó a sentirse agotada, con falta de aire y se desplomó en la puerta de la casa.  Mi hermana me contó que mi madre iba a ser trasladada al hospital de la provincia de Chupaca, estaba inconsciente y mis hermanos la abrazaban fuertemente llorando y conmigo al teléfono. Yo me encontraba en la provincia de Huancayo a 30 minutos de distancia, a una velocidad promedio en motocicleta.

Mi corazón empezó a latir fuertemente, me puse una ropa de viaje y salí rápido, con lágrimas en los ojos; saqué la motocicleta de la cochera de la casa y me dirigí hacia Chupaca para poder alcanzar a mi madre.

Aún no logro recordar cómo había llegado hasta el límite de la provincia.  Y es ahí cuando recordé cómo el apóstol Pablo pudo estar muy optimista, confiado y sereno cuando había sido azotado, había naufragado, había sido encarcelado y perseguido. Su relación íntima con Dios le había dado paz a Pablo. En ese momento desperté del sollozo y sabía que cuando el Señor está con nosotros  no tenemos absolutamente nada que temer;  recordé que mis hermanos estaban llorando y con tristeza me pregunté  cómo debo llegar a ellos, llorando y con aflicción o sereno y optimista. Dios obró en ese instante en mi vida y me habló, su voz era afable a mi entendimiento, me dio esa paz que en ese momento necesitaba; encendí la motocicleta y otra vez  inicié mi recorrido, ahora era distinto, estaba en paz, disfrutaba una tranquilidad que trasciende cualquier explicación y me sentía muy optimista sabiendo que todo estaba en las manos del Señor.

Cuando llegué al hospital de Chupaca vi a mi hermana sentada en la puerta de emergencia; su rostro decía cuán afligida se encontraba, me acerqué a ella y con mucha alegría la saludé. En ese momento mi hermana se levantó y cambió de semblante, ella sabia que no estaba sola, su hermano mayor había llegado, sus ojos me decían eso. Corrió hacia mí y llorando me abrazó, me dijo que no quería que mi madre se fuera de esa forma, la abracé, le hablé del poder de la oración y nos pusimos a orar.

Mi madre había ingresado al hospital por emergencia y solo permitieron que una persona la acompañe para hacer seguimiento. Mi hermano ingresó, lo vi abatido en un rincón de la sala de emergencia, sentado en el piso y muy triste. Con señas le hice saber que yo estaba ahí con él, y al verme se alegró mucho, en medio de la tristeza por no tener noticias de mi madre.

En ese momento llamé a mi Pastor y le conté lo sucedido y nos pusimos a orar. Él estaba al otro lado de la ciudad y mi hermana y yo estábamos en la puerta del hospital. El pastor Herold inició la oración y mi hermana y yo orábamos con él. Cuando el pastor dijo amén y se despidió, mi hermano salió de emergencia y con voz alta nos contó que mi madre había reaccionado y que estaba estable. Mi hermana no podía creer lo que estaba pasando en ese momento, pero recuerdo muy bien que agradeció a Dios por responder su oración y me dijo que me creyó todo lo que le había hablado sobre nuestro Señor. Se puso a llorar de alegría y me di cuenta que la paz de Dios no solo lo disfrutaba yo, sino que sobrepasó a mis hermanos.

Después de unas horas mi madre salía de la sala de emergencia y los trabajadores del hospital nos indicaban que dio negativo a la prueba de Covid; su situación se había complicado por causa de la hipertensión y ello fue lo que hizo que mi madre se desmaye y no despierte. No fue lo que pensamos todos, ya que la situación de la pandemia que estamos viviendo nos hizo creer que mi madre estaría contagiada de Covid.

Verla a mi madre en una silla de ruedas saliendo de la puerta de emergencia fue un momento extraordinario; mis hermanos y yo nos pusimos a orar y agradecimos a Dios por permitirnos tener a nuestra madre junto a nosotros.

Cuando llegamos a la casa de mis padres, toda mi familia estaba muy alegre y agradecían a Dios por el milagro que había hecho con mi madre. Personalmente yo agradecí a Dios porque pude ser testigo de cómo  esta situación había unido a toda mi familia en la fe y creían en el Señor Jesús.

 

Pedro Fernando Jayo Huaroc
Iglesia Metodista de Huancayo

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